miércoles, 20 de mayo de 2020

Desfase sin humo


No estoy preparada para la postpandemia. Estaba más preparada para pasar el confinamiento que para la apertura, la desescalada, el desfase o como quieras llamarle. Salir a la calle es un martirio: dando bandazos de acera en acera para no cruzarme con nadie, porque nadie quiere apartarse, nadie mantiene la distancia mínima, ni de metro y medio ni de dos ni de nada, te pasan a centímetros. Hace unos días me atreví a ir a buscar una pizza que encargué en el durum del pueblo. Haciendo cola, una mujer más o menos de mi edad, se coloca detrás a 25 centímetros de mí. Me giro y le conmino a guardar la distancia de seguridad y me responde: tranquila, yo ya lo he pasado, soy inmune y además soy sanitaria. Muy bien, contesté, pero guarda la distancia. Menuda manera de dar ejemplo. Claro que si luego la escuchas hablar de inmunidad de rebaño, de la necesidad que todos lo pasemos, me suena a antivacunas infiltrada en el sistema. 
Ahora entran en juego las mascarillas que a partir de mañana serán obligatorias en la vía pública si no puedes mantener esa distancia física: Llevaré mascarilla hasta para sacar a la perra (quizá en el campo me la quitaré). Sé que los datos son mejores, que viene el calorcillo, que no puedo seguir con esta paranoia, pero me niego a tomar una cerveza en una terraza hasta que todo esto pase o no sé, quizá nunca más. Total, llevo un mes sin fumar, pues podemos también pasar de las terrazas...

lunes, 6 de abril de 2020

Romper el confinamiento


¿Cuántos días llevamos encerrados? Perdí la cuenta. Solo sé que es la segunda vez en quince días que siento que el corazón va a salirme por la boca, desfallezco, veo estrellitas, siento los pies fríos y una opresión en el pecho que me recuerda que estoy como una chota. O eso es lo que me ha sugerido el médico. He roto el confinamiento para ir al CAP (con el beneplácito de mi doctor de cabecera) para que me diga que respiro bien, tengo buen pulso, mejores reflejos, buena circulación y la mejor de las saturaciones. Paracetamoles si sigue doliéndome el pecho y para casa (y la niña del primero en la terraza comunitaria haciendo los 2.000 metros lisos en 10 metros cuadrados la muy hijaputa, me va a hundir el techo).

También he roto el silencio tres años después porque sigo complicándome la vida aunque con menos empeño. Desde octubre que no trabajo y estoy pseudoconfinada en casa pero la obligación de permanecer encerrada, salvo los diez minutos diarios de paseo perruno, va a acabar con mi ya maltrecha salud mental. Por mi culpa mi marido ni ha podido comer en la sala polivalente del trabajo (él no es contingente, es necesario como el alcalde de Amanece que no es poco) ya que temía que podía matarme con el coche gracias a las chiribitas en los ojos. Menuda tontería. Qué manera de llamar la atención.
Pocos seréis los que volveréis a leerme, pero tampoco importa. Al menos durante este cuarto de hora ha vuelto la razón y ha volado el desasosiego.
Bienvenidos a vuestro diario de confinamiento. Oh, vaya, qué idea más original... Pero qué narices, si alguien tiene ganas de explicar cómo lo lleva que comente algo o que calle para siempre (sé que vais a callar para siempre, piltrafas).





viernes, 13 de octubre de 2017

Ser mejor

Sé que te preguntas cómo puede ser que me mostrara más humana con mi perro que con las personas. En concreto, sé que te preguntas cómo puedo ser tan poco empática, tan fría, tan distante en cuanto a tus necesidades. Sé que te preguntas por qué soy tan estúpida, tan egoísta. Y sé que te preguntas por qué te quiero si no lo demuestro. Sé que te hago daño muchas veces, sé que no estoy siempre a tu lado, sé que a veces parece que quiera irme. Lo sé. Pero no tienes razón. No quiero irme, entiendo cuáles son tus necesidades y sé perfectamente que no las cubro. Soy yo quien debería preguntarte qué haces aquí conmigo porque seguramente no te merezco.  Me percato de mis actos en cuanto te veo mohíno, preocupado, ausente, con una sonrisa forzada. Sé que no es algo concreto, es un todo que a veces te afecta, un todo superior a mí. No voy a justificarme: no tengo justificación. Intentaré ser mejor para ti, ser lo mejor. 
Como no quieres hablarlo, te lo escribo. Te quiero. 

sábado, 2 de septiembre de 2017

Códex

Desde pequeña he tenido mascotas, siempre perrunas, pero las pérdidas no me han dolido tanto como la tuya. Criada con perros, unas se aficiona a esa inestimable compañía, tan especial, tan incondicional. Un día te quedas sola y no sabes hacia dónde ir, qué hacer.

Tú llegaste a mi vida en soledad, tras una ruptura, convencida de que te necesitaba. Y te necesitaba. Desde entonces, nueve años atrás, te convertiste en mi amigo fiel, el que nunca me falló. Hace un año y medio empezaste a envejecer de repente. Convulsionabas y no sabía el por qué. Meses después supe que un tumor afectaba tu cerebro, me diste lo peor de ti, pero supimos hacerle frente. Ha sido un año en el que te has vuelto débil, has dejado tu vitalidad de un día para otro. Pero lo hemos superado, en parte. Hasta que el tumor ha afectado tus capacidades motrices y has dejado de ser tú. Y en una semana, hemos pasado de pasear por la riera a no poderte ni mover, a comer por obligación, a mirarme con ojos de se acaba.

Te dije, entre mis brazos hace un par de noches, que debías dejarte ir. Pero eres demasiado tozudo, cabezota, demasiado como yo como para irte. Ayer no quisiste ni comer, te encontré tumbado sin poder moverte en esa terraza que tanto te gustaba. Habías salido a hacer tus cosas porque ya ni podía sacarte a la calle. Y te quedaste ahí hasta que yo llegué.

Maldito viernes tarde en el que sabía que debía tomar la decisión por ti. Volé, no sabes cuánto volé para volver hacia ti y llevarte a descansar porque sabía que tú no lo harías, porque eres demasiado testarudo como para dejarme. Y fueron tres segundos. Tres. Tiempo interminable entre la vida y el ya no estás. Tres segundos para dejarte ir para siempre.

Me has acompañado en las alegrías, me has acompañado en mis viajes (¿Recuerdas la casa de Donosti, el cámping de Bielsa, las escapadas, la montaña?), también en mis penas (¿Estás con la yaya?), en los lloros. Tu mirada tierna siempre estaba ahí, tus lametones me daban vida. Y ahora tu caseta, esa que te hicimos para resguardarte, está vacía, como la casa entera. Ya no estás y yo sigo aquí, preguntándome si no podría haberlo hecho mejor.


Te echo de menos. Tanto. Siempre. Te quiero. Perdóname por quitarte la vida: era lo más humano.  

viernes, 4 de agosto de 2017

De año en año...

Dicen que no hace daño. Seguramente no. Y aquí estoy, rodeada de libros y trastos viejos, en el desván de mi piso caluroso, junto a la piscina hinchable-lujo para pobres. Hace siglos que no me complico la vida y quizá lo echo de menos. ¡Qué va! ¿Para qué? Para escribir. Porque es aburrido escribir sobre vidas perfectas y las que me rodean lo son, son demasiado perfectas. Miento, y lo sabéis, pero así somos y así se lo hemos contado a los demás.

Dicen que no hace daño. Trabajo de oficina con horario envidiable. Error, horror, desidia, casi abulia. Dejemos eso a un lado que estamos terminando las vacaciones.

Dicen que no hace daño. A solas con una misma, piensas y no actúas, otra vez paralizada por la procastinación. En espiral, la vida en espiral, mejor que la vida en sobresaltos. Inapetencia. 

Dicen que no hace daño. Pero hace calor. De año en año. 

miércoles, 13 de julio de 2016

Not included (extra de la autora)

T'ho anava a escriure en català però ja saps que no en sé.

Saber que te he herido, que lo sé, no me exime de mis responsabilidades como persona, aunque sean de mala persona, que lo soy. Ambos lo sabemos. Me duele haberte hecho daño porque el dolor me encontró de joven (¿recuerdas la canción?) y ya no me soltó y me duele haberte dolido y doler y seguir doliendo con omisiones. La información es poder, frase de la que nos vanagloriamos los que alguna vez fuimos periodistas, y yo la he tenido toda. He tenido el poder momentáneo, superfluo, glorioso, he tenido el control, el descontrol, las idas y venidas. Lo he tenido pero en el peor sentido.

No me gusta perder. No sé si nunca te conté que uno de mis libros favoritos se titula “Saber perder”: es de David Trueba. Pues yo nunca he sabido perder. Ni a la brisca, ni en la vida, ni en el trabajo, ni en el amor. Y hace tiempo que solo pierdo pero con mal perder, porque no sé hacerlo. Y he perdido sueños y he perdido personas, y solo he ganado palabras, verbos impersonales sin sujeto, letras sin sentido en una pulsera de tres euros. Eso he ganado.

Y toda esta retahíla de absurdidades, este rodeo, este irse por los cerros de Úbeda (yo también soy amante de las frases hechas) es para decir que perdiendo otra vez, perdiendo por no saber jugar una buena mano, por esconderme ases en la manga, por hacer trampa, por querer ganar a toda costa, te he acabado perdiendo. Y lo que importa no es que haya perdido, es que te haya perdido.


Sé que soy una paradoja con piernas largas y ojos cordobeses. Lo sé. Y ahora que te he perdido sé lo que quiero. Tarde. As usual. Lo siento.  

viernes, 8 de julio de 2016

Y ella también

Los finales no siempre son amargos, menos cuando nada te coge por sorpresa. Entre otras, tus últimas palabras sonaron a reproche: ¿por qué siempre eres tan negativa, tan desconfiada? Ya ves, he vuelto a tener razón. Una vez más he de darte las gracias por darme el final que a mí no se me ocurría. El círculo se cierra de la misma manera que se abrió: con infidelidades de por medio. Quizá solo sexuales, seguramente emocionales. Lo que mal empieza, mal acaba.

Dicen que quien sufre una infidelidad suele ser el último en enterarse. Esta vez creo que he sido la primera. Ya sabes, la curiosidad mató al gato. Ese instinto de autoprotección que me lleva a controlarlo todo. Ese instinto que pocas veces me ha fallado y esa foto a mala baba, publicada a conciencia, fuera de tu alcance pero consentida, con tu beneplácito, sí, hazlo, no me importa, que triunfe el amor, han dado la estocada final. Y esta vez volver a tener razón me ha dolido pero menos, ni siquiera he llorado, quizá por ello he vuelto aquí, a escribirte, tras dos meses de silencio.

He de reiterarte las gracias, me has dado el impulso necesario para empezar y terminar aquello que tú no confías que haga. Ahora he de vivir. Y he dejar de escribirte para escribir a otros. A lo mejor algún día salgas en los agradecimientos. Y ella también. 

domingo, 8 de mayo de 2016

Demasiado e insuficiente

Pablo:
Para darte el gusto nunca escribiré el libro que nunca escribiré. No me hace falta. Lo que podía escribir en él he preferido vivirlo. Era un buen título: El libro que nunca escribirás. Pero demasiado metaliterario. Hubiera preferido que se llamara como este blog. Quizá los editores hubieran encontrado un título mejor, que para eso están. Pero, ¿quién quiere escribir un libro que nadie leerá? Yo no. O a lo mejor ya me ha leído demasiada gente, demasiadas personas han compartido mi vida, se han reído de mí o conmigo. Siempre hay un demasiado. Y nunca un suficiente.
Es la primera vez que digo tu nombre aunque todo el mundo sabe quién eres, siempre lo ha sabido. Todos y todas lo han sabido, menos tú, que lo has querido ignorar. Has querido ignorar los gestos y te has quedado con las palabras, los improperios, la ira. Nunca he sido suficiente para ti, y siempre te he sobrepasado.
Llueve. Solo un poco. Como siempre. Demasiado, como de costumbre.

jueves, 28 de abril de 2016

Así empieza todo

Ojalá muriera mañana con el sabor agridulce de tus besos y la imagen de tu partida a la francesa. Ojalá fueras el del mes de enero, ese que me sacó de la vitrina para desempolvarme, lavarme las heridas. Ojalá muriera mañana sintiendo el amor que siento, porque no puedo dar ni recibir más. Ojalá muriera mañana porque pasado mañana será tarde, será rutina y el domigo hay que trabajar. Ojalá muriera mañana siendo la única, ojalá te dieras cuenta que no soy todo el mundo, que soy yo. Ojalá muriera mañana.

PD: Así celebro los tres años del blog y los nueve de esta historia interminable, en el mejor sentido. No juzgues. Vive. Ama. Ríe. Llora. Ojalá mueras mañana sintiendo lo que yo siento. Ojalá sea real. Ojalá te quieran como a mí. Ojalá vivas una vida tan plena. Ojalá.

domingo, 7 de febrero de 2016

Bueno, bonito, barato

Mi suavizante es de marca blanca. El otro día me preguntaron cuál era. No supe qué responder porque no lo recordaba. Parece que el olor persistía en la ropa y yo no me había dado cuenta. Pasa lo mismo con los perfumes. En cuanto te acostumbras a uno no sientes su aroma, pero sí lo hace el resto de la humanidad. De ahí que te recuerden por el olor, aunque también pueda ser por el corporal. Hubo quien me decía que le encantaba mi olor, pero no el de mi perfume: el de mi cuerpo. Soy incapaz de identificarlo, más allá de cuando sudo mucho y me avergüenzo del hedor. Aunque también es cierto que nadie me dijo nunca que apestara a sudor...
Me estoy yendo por las ramas.
A veces me siento como un suavizante para la ropa. De hecho, tengo hasta un anuncio publicitario personal en el cual caen muchos potenciales compradores. Es puro márqueting. Una buena imagen (retocada, por supuesto). Un buen eslogan robado de una canción. Un texto con gancho que no reproduzco porque es ciertamente genial y no quiero que me plagiéis. Y ahí están los clientes: abren el tapón antes de comprarme, me huelen, se convencen y me llevan a su casa. Pero una vez allí me usan para su ropa y creen que quizá no estoy a la altura, que quizá si hubieran comprado aquel suavizante más caro no tendrían que planchar la ropa, a lo mejor no tendrían que hacer nada. Nada más. Y me abandonan encima de la lavadora. Ahí, que es el lugar de los suavizantes de marca blanca, aquellos que solo usas cuando se te ha acabado el Mimosín, aunque sepas que su olor persiste, por mucho que tú no quieras reconocerlo.

miércoles, 3 de febrero de 2016

Tres caras

Cara A:

Ojalá no hubieras vuelto nunca. Porque vuelvo a ser aquella pésima persona que se arrastra por la ciudad escuchando canciones tristes de grupos tristes. Una persona sola, solitaria, sin ganas de salir, de ver a nadie. Que va del trabajo a casa y de casa al trabajo solo para esperar a que la llames y como no lo haces se le viene el mundo encima. Esa persona que nunca quise ser y que fui y que soy cuando vuelves, cuando vuelves a ser ese ser extraño, ese ser retraído, ese ser oscuro que eres a veces, la mayor parte de las veces, con una actitud incomprensible hacia aquellos que te quieren, sobre todo hacia mí. Tú, cuando eres tú y dejas que el silencio haga el trabajo, y yo, que soy ese yo inaguantable porque no estás tú. Ni estarás. Esos tú y yo tan odiosos. Esos. Ojalá no hubieras vuelto nunca.

Cara B:

Ojalá no te hubieras ido. Ojalá siguieras aquí regalándome esa sonrisa tan cara de ver, esas palabras amables que consigo arrancarte raras veces y que hacen que se me encoja el alma. Porque mientras estuviste aquí, esas dos noches, esas dos mañanas, esas escasas horas, supe que nunca nadie será capaz de hacerme sentir tan amada. Porque esas horas me quisiste como solo tú sabes hacerlo, por quien soy, por como soy. Esas horas fui la que me gusta ser, la que debería ser, esa persona con ganas de comerse el mundo, de hacer lo que le plazca, esa persona que consigues que sea, solo para ti. Ojalá no te hubieras ido porque sabía que era para no volver. Y yo quiero que vuelvas, siempre.

Cara C:

No pidas permiso para volver así como no lo pides para irte. Vuelve un día, vete otra vez después. Yo seguiré aquí, viviendo mi vida sin esperarte, pero esperándote cada día. Así de breve, conciso, simple.

Cara PD: nuestra canción.


martes, 26 de enero de 2016

Buenos platos

Se ha escrito tanto sobre la estupidez humana que hastía solo de pensar en que alguien pueda caer en el mismo error millones de veces. Gustarse a uno mismo por la reiteración de mal llamados errores es peligroso puesto que te acostumbras a ellos de tal manera que ya no les das importancia. Y conocer, saber qué o quién te lleva a cometer esos errores y no poner remedio es peor que saber que eres alcohólico pero seguir tomándote un sol y sombra nada más levantarte. Así que te planteas que a lo mejor eres adicto a los errores, a lo que te hacen sentir, al tiempo de recuperación antes de una nueva recaída. Eres adicto a ese proceso.
Luego están esos memes, esas frases que de tan repetidas hasta les coges cariño como que eres mi error favorito o que errar es humano (esto no es un meme) o lo de tropezar con la misma piedra de la sabiduría popular. Creo que Pablo Coelho tiene la culpa. Pablo Coelho, que es el creador de todas las frases del universo, seguramente también de la mía, de la tuya, de la suya y de la de ellos. Aunque la tuya es robada de una canción y la mía se la quité a John Lennon.
Y erras y/o yerras. Y lo sabías. Mas ya está hecho. Entras entonces en el bucle infinito de pollo al horno, abdominales, oks y buenos días sin ganas y te sientes bien durante dos semanas mientras ella se pregunta una y otra vez por qué cayó otra vez en tu casilla, la que hace retroceder cinco o diez, ya no recuerdo. Porque ambos sois un error que se completa con el otro. Error por error, error al cuadrado.
Hoy no le cogerás el teléfono, ya estás en el ansiado proceso de recuperación del error, el que te hace sentir muerto por dentro tras dos semanas de “luz y de coloooooor, de luz y de coloooooor”. Te encanta sentirte muerto por dentro. Ella quizá llore, quizá se enfade, quizá lea “Nada” de Carmen Laforet. Quién sabe. Se le pasará, como a ti. Entonces volveréis a caer en el error. Esa palabra de erres infinitas y que suena tan bien como sabe, como huele. Es un plato de buen gusto.

miércoles, 20 de enero de 2016

Optimismo para pesimistas

Cuando oí el golpe certero y vi el árbol inmóvil abalanzándose sobre mí no había luces que señalaran el camino, solo su cara. Si es cierto eso de que en momentos límite ves tu vida pasar, ese no debía serlo. O su cara había sido mi vida. Él tenía razón al decir que era yo la que seguía inmóvil, aturdida y paralizada en el mismo lugar, siempre en el punto de partida.
Hacía muchos años que tenía esa misma sensación, que seguía en la parrilla de salida esperando el disparo que indicara que debía empezar a avanzar. Pero el hombrecillo de la pistola se había ido de vacaciones y me había dejado ahí consumiendo gasolina al ralentí.
Los retos no estaban hechos para mí, lo nuevo me producía un imparable miedo al fracaso, a una futura frustración que nunca supe manejar. Quizá por eso me aferraba a costumbres, personas y emociones ya vividas, conocidas. A lo mejor por eso el cordón umbilical nunca se rompió, quizá por ello hubo hombres que no quise dejar ir y los convertí en mejores amigos contraveniendo la necia y estricta norma social. Es posible que eso fuera lo que hizo que dejara de soñar con escribir un estúpido libro y me conformara con sobrevivir.
Permanecía quieta ahí, sin siquiera ver la vida pasar y por hostias que me dieran nunca reaccioné, nunca me dije: ¡vamos, Mina! No corría sangre por mis venas, estaba helada.
Pero...
Querido lector. No esperes un giro argumental hacia el cambio, la superación personal y esas memeces de libros de autoayuda. La mayoría de las historias no son bonitas, es más, la mayor parte son sucias, son ciénagas, pozos sin fondo y mucha mierda tragada. Las historias de amor son una patraña y las historias de vida una camama. La vida es aquello que nos empeñamos en consumir sin pensar que se acaba, es aquello que termina una vez salimos del vientre materno. Así que no esperes un cambio porque nunca cambiamos. Eso sí, si nos lo tomamos con humor, todo aparenta ser menos morboso.
 Así que tómate la vida como una broma, como lo que es: un juego. Eres listo, sabes perfectamente lo que quiero decir. Si no quieres moverte no lo hagas, si quieres permanecer en el punto de partida, quédate ahí. No estás obligado a nada. Desoye los consejos, pásatelos por el forro. Diviértete, ríe, come por placer, folla, ama, llora, canta, báñate desnudo en el mar, alquila una habitación de hotel con jacuzzi, gástate el dinero, cría a un hijo o quédate encerrado en casa escribiendo frases sin sentido. Qué más nos da si pronto todos estaremos muertos.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Hoy

Ni siquiera recuerdo si hacía frío o llovía en aquel rincón del noroeste. Solo recuerdo que lentamente, “como a ti te gusta”, me dijiste adiós. Yo entonces no lo sabía, pensaba que era uno de tantos hasta luego, los que nos decíamos tantas veces. Pero fue un adiós a traición. Una despedida a la francesa. La última vez que hicimos el amor. Me volví ilusionada a mi casa pensando que pronto la iba a abandonar para siempre y que me mudaría a ese lugar húmedo día sí día también. Más ilusionada que aquella vez que viniste desde Madrid solo para estar conmigo 48 horas, las que significaron el principio de nuestro tiempo. Pero la ilusión se truncó, como tantas otras veces y creí que sería una de esas veces. Pero no. Se terminó.
Ha pasado un año sin oír tu voz al teléfono, sin ver tu rostro, sin saber nada de ti más allá de los insulsos correos que nos enviamos cuando alguno de los dos está mal. Y he de suponer que eres feliz y yo quizá algún día lo sea tras el nuevo socabón.
Un año después te sigo echando de menos, pero como auguré un día, cada vez te echo más de más. Ni me duelen los desplantes ni el silencio ni tampoco los tengo tan en cuenta como antes, aunque a lo mejor miento porque ayer decidí en el último momento honrar tu recuerdo quedándome dormida en el sofá y dejando pasar una sesión de sexo sin comprimiso. O quizá lo hice por pereza. Fíjate, tener pereza sexual, eso nunca nos pasó.
Un año después ya no te espero, ya nunca más te espero ni guardo esperanza alguna de volver a verte, ni por casualidad. Sí, me gustaría acariciarte el rostro y decirte, nene, sigo amándote, pero no pienso en ello cada noche para que me entre sueño. Me duelen las cervicales de dormir mal, pero no eres tú el principal motivo.
No me engaño: no te he olvidado. Todavía queda un año (o dos y medio) para hacerlo. Aún queda una rendija abierta por si vuelves un día, pero empequeñece por momentos y hace el aire irrespirable. No me ahogo porque con algo de oxígeno tengo más que suficiente. El día que se cierre daré por terminado esto, incluso nuestra fingida amistad.
Te quiero, menos por momentos. Igual que hace un año, más que dentro de uno o dos años y medio.
Hoy, como decía la canción, me acordé de ti.
Siempre, N. Siempre, dijiste. No sé, P, creo que no siempre. O quizá sí, P, quizá siempre te amaré. Seguramente, P. Y tú a mí, P, estoy segura. Pero da igual.
 

jueves, 5 de noviembre de 2015

Por no sentirnos solos

Maltratamos a nuestros corazones aferrándonos a sentimientos que quizá carecieron de sentido desde el principio de los tiempos. Sintiendo apego por personas que nunca nos quisieron, posiblemente por eso, por el afán de querer cambiar esa situación. Una competición absurda en la que participamos por sentirnos queridos aunque sepamos que eso no se fuerza, eso se siente o no. Estúpidos, maltratamos nuestros corazones con idealizaciones de seres cretinos. Por no sentirnos solos.

lunes, 2 de noviembre de 2015

La eterna

La eterna amiga soltera. Todas están emparejadas, alguna hasta casada. Las menos con hijos. Pero yo soy la eterna amiga soltera, la eterna amiga casi amigote, casi colega, casi que vámonos de fiesta, aquella que se apunta a un bombardeo. Camino de los cuarenta (que sí, que me quedan cuatro, pero camino de los cuarenta) y sigo siendo la eterna amiga soltera. El mal carácter, Chica, la bordería, Chica, la mala suerte, Chica, la, la la, la... la eterna amiga soltera. La que antes sería la solterona. Y lo más jodido es que seguramente he vivido, he amado muchísimo más que mis congéneres emparejados/as. Pero sigo siendo la amiga soltera a la que se mira con condescendencia en las reuniones sociales, pobrecita ella con lo mona que es y sin novio, pero es que es muy hija de puta...
Pero espera, que hay grandes, enormes personas que siguen solas, que merecen ser el centro del universo de alguien pero siguen solas y quieren estar con alguien pero siguen solas y esas, esas personas son mis amigos. Somos el club de los solteros. Sí. ¿Qué pasa? Nada. Y nos morimos por dentro por volver a sentir eso que se llama amor, pero sonreímos como si nada pasara. Como si eso no fuera con nosotros, Rímel, niña, sonrisa y todo está igual. Somos los que no necesitamos un buenas noches o un te quiero, somos esos miembros del club más exclusivo del mundo, el de los orgullosos de estar solos por voluntad ajena. Menos lloros Caperucita, que tu capucha esconde abuelas a las que no fuiste a ver porque no quisiste. Sí, Señor Lobo castígueme por ello, castígueme por no querer a quien me quería con la soledad eterna, me lo merezco.

domingo, 18 de octubre de 2015

Déjame

Bailo a solas como si tuviera algo que celebrar y no he bebido. No me hace falta. Bailo a solas como si no supiera que me vas a dejar, intentando no pensar en esas palabras que salían a gritos y que se preguntaban: ¿Ya está? En el comedor, los pies se mueven mecánicamente siguiendo el ritmo depresivo de una melodía que repito día a día desde que nos conocimos, desde el día que secretamente decidí boicotear esta relación, que fue el primero.
Tienes el honor de ser la primera persona a la que hablo desde aquí, este espacio siempre estaba reservado para él. Él dejó de ser él hace tiempo y creí haber encontrado el otro él, pero el otro él va a dejarme. El otro él no me conoce, no me conoces y cuanto más me conoces menos ganas tienes de ser el otro él. Pero no me importa. Acepté hace tiempo que soy difícil, no hace falta que tú me lo digas. Espera. Que ahora me entran ganas de llorar porque la canción que suena es tan acertada, es tan para este momento... Lástima que no sepas inglés (¿Por qué nadie sabe inglés?).
Te hice sentir mal. Y lo sabía, sabía lo que estaba haciendo. Puedo llegar a ser muy hija de puta cuando quiero. A ti te gusta que te digan las cosas claramente y a mí me gusta jugar al doble sentido, al me enfado y tú sabrás por qué, al ven aquí que es una tontería. Pero no eres un buen compañero de juegos porque no sabes las reglas, no sigues las normas y la ira te ciega. Y te dije te quiero y nunca obtuve respuesta. Así que déjame, déjame si no vas a saber jugar. No, al final no he llorado con About Today: “How close am I to losing you?”.

domingo, 20 de septiembre de 2015

He escrito

¿Qué quieres que te diga? ¿Quieres que te diga que no he escrito nada en tres meses porque he sido feliz? Seguramente. Ya sabes que solo escribo cuando las cosas están jodidas, cuando todo es de ese color tirando a gris casi negro. Lo hago, escribo, porque como dice la canción que el otro día canté pero no bailé, esa que fue por un día mi canción del domingo, la mía y la de otro, “solo intento vaciar, solo necesito despegar”. Es entonces cuando escribo, porque para navegar por este mar sin mareas hay que echar lastre, despojarse de lo innecesario y hasta hoy no lo he necesitado. No es porque me lo hayas pedido, que también, es porque hoy me he dado cuenta de que esa fingida felicidad temporal era solo un espejismo. Cuando alguien solo te reprocha lo malo, cuando no es capaz de mostrar interés en los malos momentos, cuando te grita por la calle (a mí, que me griten a mí, que yo haga de ti y use el silencio para evitar una discusión, nene, quién me ha visto y quién me ve), cuando tienes la sensación de no hacer nada bueno, de no poder hablar, de no poder tener una opinión formada, de no poderte mostrar tal y como eres, de ser juzgada a cada momento, cuando has dicho lo que sientes y te han respondido con un silencio, con un yo creo que sí, más que no, cuando has vuelto a empequeñecer, entonces te das cuenta de que todo se ha ido a la mierda. Y vuelves a escribir, y echas de menos al amor de tu vida aunque no fuera perfecto, al que tú gritabas, empequeñecías, juzgabas. Pero el amor de tu vida se te escapó de las manos y ahora está bien, es feliz sin ti y no hay más que decir. Estarás contento. He escrito. Y negaré haberlo hecho.

miércoles, 10 de junio de 2015

Así andamos

"Y ahora compartimos noches
con el primero que pasa
y abrazamos las cucharas
para ver si alguna encaja."

Oh, Garfunkel

lunes, 25 de mayo de 2015

Constatación

Y pasa. Pasa que te encandila, que te gusta, que te seduce y te das cuenta de muchas cosas. La más importante, que es como tú, inteligente, culto, con sentido del humor pero distante y frío cuando no quiere hablar contigo, estúpido, huidizo y cobarde. Entonces tienes dos opciones, volver a vivir lo vivido o terminarlo antes de empezar. Será verdad eso de que repetimos patrones eternamente. Creo que me iré a tomar una cerveza con ese jovenzuelo que está deseando meterme mano...